Opinión

Cuatro años y los recuerdos

Rodolfo Villarreal Ríos

Cuatro años y los recuerdos

Periodismo

Julio 17, 2020 21:26 hrs.
Periodismo Nacional › México Coahuila
Rodolfo Villarreal Ríos › guerrerohabla.com

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Ayer, era temprano, el sol de verano entraba pleno, sin obstáculos, apoderándose de la escena. De pronto volteamos a ver tu foto, aquella que te tomó mi hermano la noche del 18 de febrero de hace cuatro años, y el reflejo solar solamente impactaba sobre ti, dándole una iluminación especial a tu cara, sonriente y radiante, enmarcada por las flores que tenías enfrente en la imagen y a un lado de la fotografía. Al verla, recordé como nadie imaginábamos que, a la mañana del día siguiente de aquella noche, para la familia, se iniciarían una serie de eventos que convertirían ese año en uno de los que a nadie se le desea. Primero fue lo que sucedió a tu hijo político y posteriormente a tu hermana. Cinco meses después, exactamente habría de escucharse el timbre del teléfono, al percibirlo supe que nada bueno vendría. Tras de escuchar la voz del menor de mis hermanos, quien me comentaba la noticia primera, estuve cierto de lo que se trataba, simplemente no quería darme la información en una sola entrega. Consciente de ello, de pronto empezaron a llegar con velocidad inusual los recuerdos uno a uno.

Recordé que, contra lo que se acostumbraba entonces, a la mañana siguiente de tu nacimiento mi abuelo fue a registrarlo ante la autoridad civil correspondiente. Claro que de eso me enteré hace poco tiempo cuando ya no había forma de preguntarle porque había actuado así. También, siempre me quedó la duda del porque te escogieron ese nombre, de tu hermana y tus hermanos hay una explicación que se remonta a los apelativos de ancestros. Tu infancia no puede decirse que haya sido plena de bonanza, más bien diría trascurrió entre las limitaciones, las cuales no tengo duda templaron tu carácter. No obstante, las estrecheces, el carácter no se te agrió. Ahí está la foto en donde apareces con otros chamacos y en todos se percibe que disfrutaban la infancia, a varios de ellos los conocí cuando me los presentaste ya en su edad adulta y rememoraban con alegría aquellos días.

Recordé cuando nos contabas como era el entorno de tu vida familiar. Mi abuelo buscando que las cosas mejoraran, sin lograrlo, pero nunca abandonado el esfuerzo por obtener resultados positivos. En el contexto de todo ello, nos contabas, como disfrutabas las sobremesas de tu infancia escuchando las historias y leyendas que te narraba tu abuelo materno a quien siempre lo tuviste en aprecio alto. Él era, hasta entonces, el miembro de tu familia con mayor preparación, muchos años después tú te encargarías de que cinco de tus hijos lo superaran por mucho, especialmente uno. Sobre aquel hombre nos narrabas el alto sentido humanista que imprimía al ejercicio de su profesión, la medicina. Enfatizabas su conocimiento de otras lenguas y nos mencionabas que era un personaje muy respetado entre la comunidad. Recuerdo con cuanta alegría reaccionaste al enterarte que, allá en el pueblo, nombrarían a una calle, la mas extensa del rumbo donde se ubica, con el nombre de él.

Recordé lo que siempre nos mencionabas de cuanto disfrutabas acudir a la escuela. Aprender era algo que estaba en ti de manera innata. Las fotografías que he visto de tus años estudiantiles muestran un semblante pleno del orgullo de estar ahí. También, tengo presente la narración que nos hiciste, una y otra vez, del momento en que te viste forzada, por los problemas económicos familiares, a abandonar tus estudios en la escuela preparatoria en

donde eras una de las miembros de la generación primera. Eso, no lo dudo, fue lo que te hizo concebir la idea firme de que todos tus hijos habrían de realizar estudios profesionales e inculcarnos el deseo por prepararnos y aprender como una constante infinita en la vida.

Recordé las ocasiones en que nos narrabas tus años en que laborabas en aquel almacén. Muchas veces, durante nuestra infancia, escuchamos los recuerdos gratos que guardabas de tu desempeño ahí, lo mismo que las frases y dichos que empleaban los ibéricos quienes ahí trabajaban, ya fuera como propietarios o bien como empleados. En ese lugar fue donde conociste a quien seria el amor, y compañero, de toda tu vida.

Recordé cuantas veces nos platicaste sobre el noviazgo largo que sostuvieron. Esto no se debió necesariamente a que quien sería mi padre esquivara concretar el compromiso. Había otro motivo y era que tu te encargabas de formar al primero de los seis profesionales que le otorgarías a la sociedad, tu hermano quien tardaría más de seis décadas antes de reconocer, delante de nosotros, tus hijos, lo que habías hecho por él.

Recordé que nos mencionabas como, en medio de todo, tu vida juvenil no fue para nada monótona. Aprovechando tu capacidad organizativa, junto con tus amigas, se dieron a la tarea de organizar un club juvenil de damas y en ese entorno divertirse sanamente. Lograron tal éxito que fueron capaces de que uno de los eventos que efectuaron fuera amenizado por la que entonces era la mejor orquesta de México. Siempre me mostré sorprendido de como pudieron cubrir los emolumentos de aquel conjunto, en verdad que eran valientes para adquirir aquel compromiso y solventarlo sin ningún problema. Asimismo, en tus ratos libres, fuiste la tía de tus sobrinas quienes, en la edad adulta, cuando nosotros no estábamos por ahí y se presentaba alguna emergencia, siempre estuvieron para apoyarte. De esa manera trascurrió tu vida hasta que llegó el momento del matrimonio.

Recordé lo que nos referías de cuan cuesta arriba fueron los inicios de la sociedad conyugal, los recursos eran escasos y para el colmo de las cosas llegó aquel día de mitad el año en donde lo poco que poseían se convirtió en nada hasta dejarlos únicamente con lo que vestían. Mi hermano mayor venía en camino y cuando arribó no lo hizo bajo las mejores condiciones y ello repercutiría en su salud por el resto de sus días. Ante una situación como esa cualquiera otra hubiera desisto de luchar. Jamás aceptaste que te ’pobretearan,’ eso no estaba impreso en tu código genético.

Recordé la forma en que me reseñabas como fuimos llegando uno a uno tus hijos hasta totalizar cinco más. Del nacimiento de los últimos tres tengo plena conciencia de la alegría con que fueron recibidos. Hasta la fecha sigue sorprendiéndome como te dabas tiempo para atendernos a todos, aun cuando aquella buena mujer que ayudaba en casa siempre fue un apoyo muy importante para ti no solamente por lo que hacía, sino por el cariño que nos profesaba, especialmente a mi hermano mayor.

Recordé aquellos días de la infancia cuando te acompañaba a realizar las compras tanto al mercado como al almacén, recordemos que así se nombraba a lo que después seria un supermercado. Cada visita a esos sitios me permitía observar el comportamiento de otros compradores, así como de quienes expendían las carnes, frutas y verduras. En el otro lugar,

rememoro como un dependiente colocado tras el mostrador que, para mí lucia altísimo, iba anotando en la ’nota’ los artículos que comprarías. Una vez concluido el pedido procedía a ir a surtirlo para después, acompañándonos, llevarlo a la casa. De aquel almacén me llamaba la atención, cuando pasaba a la parte posterior del local, la báscula de tamaño singular que ahí había y la plataforma que se hundía hasta llegar al sótano, un lugar que siempre me pareció misterioso y al cual nunca tuve acceso. Pero todo eso era durante la época de vacaciones, a lo largo del año había otras actividades que demandaban algo más que observación.

Recordé aquel día en que recibí el primer diploma al concluir la etapa inicial de convivencia escolar. Igualmente, vino a mi mente la fecha en que, de tu mano, arribé a las puertas de la escuela primaria. En ese momento daba inicio un proceso que, dividido en tres etapas, terminaría casi cinco décadas después. De aquel año, recuerdo el día en que el número cuatro y yo mantuvimos una lucha enconada y cuando llegaste a recogerme, la maestra te explicó por qué me había dejado después de que la clase terminó, tomaste asiento y, pacientemente, esperaste a que aquella contienda concluyera.

Recordé como te dabas tiempo para atendernos a todos y, además, a cada uno apoyarlo con las tareas escolares. Muchas fueron las veces en que para cumplir alguna fue necesario ir a la casa de tu tío en busca de información contenida en algún libro entre los muchos que poseía y que, años después, la mayoría terminarían víctimas de la humedad arrumbados en cajas de cartón sin que nosotros nos hubiéramos enterado antes de que eso sucediera. En ese proceso de enseñanza, nos educaste bajo la premisa de ser respetuosos de las creencias y opiniones de los demás. Asimismo, como parte de ese proceso, tuviste buen cuidado de que no cayéramos en fanatismos de ninguna especie, los asuntos de la religión se abordaban en el mismo contexto de respeto, pero bien conscientes de quienes eran aquellos que intentaban presentarse como emisarios, sin serlo, de seres inmanentes.

Recuerdo cómo te quedaba tiempo para, ya tarde en las noches, escribirle a mi padre quien, no por gusto propio, laboraba en otro sitio. Muchas fueron las ocasiones en que cuando los demás ya dormían, me quedaba a acompañarte y de pronto escuchábamos el sonido emitido por las lechuzas que se posaban sobre algún árbol y eso te llevaba a contarme las leyendas que de niña habías escuchado.

Recordé como, ni en los tiempos más difíciles te diste por vencida, sabías que la situación mejoraría. De la nada convertiste en negocio aquello que parecía destinado al fracaso. Muchas fueron las horas que dedicaste a atenderlo, mientras todos nosotros ayudábamos en una forma u otra, barrer, acomodar mercancía, atender a la clientela, elaborar los adornos navideños, etc. Aquello marchó y lo hizo bien.

Recordé como eras la fuerza que no permitía que mi padre desmayara en los tiempos en que parecía que los buenos tiempos no llegarían. Cuando finalmente arribaron, en nada cambio tu comportamiento. Siempre estuviste consciente que aquello tenia fecha de caducidad que lo mismo podía ser inmediata que durar varios años. Nunca trataste de introducirte en medios que no eran los tuyos, conocías personas de todos los niveles socioeconómicos, pero a la vez no dejabas de reconocer quienes todo el tiempo estuvieron cerca en el andar por la vida,

especialmente cuando te involucrabas en las actividades de apoyo a los centros educativos a los cuales acudíamos.

Recordé con cuanto orgullo y satisfacción veías como íbamos cada uno cumpliendo las etapas de nuestra vida escolar hasta que los cinco concluimos el nivel profesional en su fase primera. Con ello, se concretaba lo que tu hubieras deseado alcanzar. Les demostrabas a quienes pensaban que tus hijos nada harían en la vida cuan equivocados estaban. A partir de ahí cada uno tomaba el camino que consideraba adecuado e iba consolidando su vida profesional bajo dos axiomas implantados en casa y que no admitían quebranto alguno, la honestidad y la lealtad.

Recordé como fue trascurriendo el tiempo y empezaron a llegar los nietos, yo te aporté cuatro, las dos primeras fueron tu orgullo inicial y con ansias esperaban los periodos vacacionales para irse a pasarlos con ustedes, los otros dos seguirán el ejemplo más tarde. Eso, se convirtió en algo que los demás imitaron y gozaron, ir con la abuela era dejar atrás las disciplinas paternas y gozar de la estadía.

Recordé que para ti llegar a la edad madura no fue iniciar un periodo de reclusión, sino por el contrario intensificar tu vida social, renovar amistades y adquirir otras nuevas. Tu carácter te permitía interactuar sin problema alguno. Así lo hiciste a lo largo de los últimos años, te congratulaba recibir a tus amigas y pasar las horas en su compañía. Esas personas fueron quienes estuvieron en el momento final, las que actuaron igual en las duras y en las maduras.

Recordé como insististe a mi padre para que se decidiera a plasmar en papel todas las vivencias y recuerdos que acumulaba. Una vez que lo puso en blanco y negro, varias fueron las veces que se lo corregiste hasta que los dos volúmenes se publicaron. Cuando en su momento fueron presentados, ahí estabas en primera fila orgullosa de algo más que se concretaba como resultado de tu esfuerzo.

Recordé que a lo largo de tu vida tuviste como característica una ortografía excelente y una habilidad innata para las matemáticas, con todo y nuestros grados académicos, nunca pudimos superarte en esos dos renglones. Asimismo, siempre tuviste un gusto especial por leer y declamar poesías. Dado que aun tenías un deseo acariciado largamente, pero incumplido, decidiste, en complicidad de mi hermano, armar un recital haciendo creer a todos que seria él quien lo ofrecería. Ya en camino a llegar a las nueve décadas de existencia, sorprendiste a todos cuando, en una noche decembrina, cumpliste tu sueño. Mientras mi hermano leía las poesías, tu no tuviste que recurrir a texto alguno, simplemente utilizaste la memoria sorprendiendo a todos.

Recordé como las ultimas veces que te visitaba nos quedábamos sentados, alrededor de la mesa de la cocina, platicando durante horas hasta que el cansancio nos indicaba que era el momento de irse a dormir.

Recordé lo mucho que querías a mi hermana y como, durante los últimos cinco meses de tu existencia, te preocupabas como habría de enfrentar el futuro. En realidad, sin embargo,

sabias que sabría como sobreponerse al infortunio y así lo hizo, heredó tus genes para vencer cualquier adversidad.

Recordé la última ocasión en que estuve a visitarte, tratabas de mostrarte recia, pero el organismo empezaba a mostrar los estragos de tantos años de lucha y mostrar el carácter recio que se cobijaba tras de una imagen dulce.

Recordé aquella noche de domingo cuando la llamé por teléfono y algo raro noté en su voz, pero lo atribuí a que había tenido un día muy ajetreado al acudir a una presentación que realizó mi hermano

Mientras todo esto se agolpaba en mi mente, llamé a mi prima a quien le dije que todo había terminado, ella evitó confirmármelo, pero no era necesario. Me quedaba claro que se trataba de un hecho consumado. Minutos después, mi hermano menor me lo corroboró. Era la mañana del lunes 18 de julio de 2016 cuando en los brazos de quien fuera su cómplice en lides poéticas, mi hermano, marchaba hacia su cita con el Gran Arquitecto, doña ESTELA RÍOS SCHROEDER

Añadido (1) ’Mañana es el día y no hay vuelta de hoja , mañana le toca morirse , muy de mañana para que rinda el día , en plena canícula para sudar sabroso , mañana llamará a su ángel de la guarda para despedirse y decirle gracias , mañana bajará la escalera por última vez , puntual como todos las mañanas de todos los amaneceres , mañana bajará por última vez las escaleras, cerrará la caja de la suerte y contemplará su casa que se aleja , dejará planchado su vestido rojo , sus aretes relucientes , mañana saldrá de casa por última vez , se cerciorara de que el candado quede bien puesto , de que los números en los medidores sean los correctos , mañana echara un último vistazo a su pueblo, le dirá adiós , nada me debes , nada te debo , estamos en paz , mañana es el día del gran secreto , mañana en cuanto salga el sol le toca morirse , ella lo sabe , por eso esta noche soñara tranquila y habrá en sus labios una sonrisa de labios rojos , dormirá abrazada por su casa , por su pueblo , mañana será mañana , y ya veremos.’ Juan Antonio Villarreal Ríos (17-07-2020)


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