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El Café Gijón

Armando Fuentes Aguirre

El Café Gijón

Periodismo

Septiembre 23, 2019 20:29 hrs.
Periodismo Nacional › México Coahuila
Armando Fuentes Aguirre › guerrerohabla.com

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’...Esta es la historia del Café Gijón, una pequeña historia de muchos de nosotros que aquí, sentados en estas sillas de terciopelo rojo, apoyados en este mostrador alargado, hemos sido felices o hemos ahogado en alcohol nuestras tristezas y nuestras desilusiones. ¡Cuántas borracheras hemos visto! ¡Miles y miles de litros de vino, cerveza, ron, ginebra, anís! Y todo para nada... Pero la nada, como decía Camus, también existe: somos todos nosotros...’.

Con esas dolientes frases dice Julián Marcos su amor y su nostalgia por el Café Gijón. El mismo nihilismo tiene esta declaración de Camilo José Cela, Premio Nobel (sin acento escrito la palabra, por favor, y pronunciada como si lo tuviera en la o):

’...Los clientes de los cafés son gente que cree que las cosas pasan porque sí, y que no merece la pena poner remedio a nada...’.

Otra menos doliente frase, y menos pesimista, dijo Antonio de Villena hablando del lugar:

’...Junto a la mescolanza de intelectuales, actores, artistas y estudiantes, otros se acercan al Gijón para ligar. Así, se observan los cruces de miradas entre esa y aquella mesa, el trasiego de sillas, los ejercicios sutiles de estrategia...’.

Gente de toda laya, es cierto, llega ahí. Un ejemplo es Beppo, mujer de indefinida nacionalidad que hablaba a veces con acento francés, y otras con dejos de británica. Fue modelo en el París de Modigliani, y llegó a España con su esposo, un príncipe tunecino de complicado nombre. Abandonó a su real esposo para irse con un gitano que tocaba la guitarra (mal). Luego éste la dejó, y Beppo se dedicó a la bohemia. Eran los tiempos de la Piaf y Juliette Greco, y Beppo se cubría con una boina que cambiaba a diario. Se murmuraba que tenía 100, de todos los colores, algunos indefinidos. En aquellos años, cuando en España se veía mal que una mujer fumara, ella consumía un cigarro tras otro en una larga boquilla turquesca.

-¿Por qué fumas? -le preguntó alguien una vez.

Y Beppo respondió, ebojada, con su acento francés:

-¡Pogque me sale de los cojones!

Se guarda en el Gijón la dedicatoria que Beppo escribió en su servilleta a uno de los meseros del café: ’A Pepe, hombre de los de antes, cuando no había tantas hienas sueltas’. Otro autógrafo más ilustre se conserva ahí, el que puso Picasso en un menú. Leámoslo: ’El arte es una mentira que nos acerca a la verdad’.

Todavía la clientela del Café Gijón es principalmente masculina. Quizá tuvo razón Maurois cuando dijo que algunos hombres van a la guerra y al café porque a ambos lugares se va sin la mujer. Quién sabe... Digo yo que con la mujer se va a otras partes -a la felicidad o a la desdicha-, pero no al café.

Gente de toda laya, lo repito, va al Gijón. Desde su mesa Antonio Hernández pidió la presencia de un tertuliano insólito:

’...¡Demonio, hijo de perra, tratante, mal bribón:

si tienes, como el hombre, un par de cosas,

sal de tu escondite y ven aquí, al Gijón!...’.

Cada vez que voy a Madrid voy esa catedral, a ese museo, a esa taberna, a ese hospital de pobres, a ese lujo de la inteligencia, el Café Gijón, en Paseo de Recoletos número 21. Son más de cien años de historia de Madrid y España. Salgo de él tras dos copas y dos cafés y oigo la voz de un hombre que grita desde su sitio en la barra:

-¡Tráeme más vino, Pedro, que la vida es nada!


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