Catón

En Acapulco otra vez

Armando Fuentes Aguirre

En Acapulco otra vez

Periodismo

Julio 01, 2019 20:55 hrs.
Periodismo Nacional › México Coahuila
Armando Fuentes Aguirre › guerrerohabla.com

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Estuve en Acapulco el otro día. Siempre es deleite ver la ’bellísima bahía’ que dijo Ricardo Garibay. El viaje lo hice por carretera desde la Ciudad de México. Pasé al pie del cerro llamado El Veladero, y recordé una lectura del curioso diario escrito por don Carlos María de Bustamante, el más bizarro narrador de la historiografía mexicana.

Sucede que en el cerro del Veladero, cercano a Acapulco, tuvo lugar una de las acciones de guerra más risibles que vieron los pasados siglos y esperan ver los venideros. Cualquier película de los hermanos Marx, considerados campeones del absurdo, es cosa seria y razonable comparada con la hilarante batalla que ahí libraron las fuerzas de Morelos contra las del virrey, comandadas por un cierto general Carreño.

Tanto los soldados insurgentes como los realistas eran bisoños, inexpertos, y no conocían el olor de la pólvora ni los sobresaltos que a las batallas pertenecen. Así, tan pronto escucharon los primeros disparos y vieron caer las iniciales bajas, los soldados de ambos ejércitos echaron a correr al mismo tiempo en dirección contraria.

Inútilmente los jefes insurgentes y los realistas gritaban a sus respectivos hombres con coléricas voces que se detuvieran, y los llenaban de injurias y denuestos. El miedo hizo sordos a los que huían y les puso alas en los pies, de modo que casi no tocaban el suelo en su desatentada carrera.

Obró sin embargo a favor de los insurgentes una fortuita circunstancia venturosa. El gran escritor italiano Amicis escribió en su celebrado ’Corazón, Diario de un Niño’ la historia de ’El Pequeño Vigía Lombardo’, aquel valeroso niño que con riesgo de su vida –la perdió ese día- subió a un copudo árbol para describir a los soldados italianos los movimientos del ejército austriaco.

Pues bien: habría que escribir aquí una historia, aún más impresionante, que se llamaría ’El Pequeño Vigía Insurgente’ o algo así, y que se sumaría a la lista de los hechos heroicos y épicos fastos descritos –hay quienes dicen que inventados – por aquel don Carlos María de Bustamante.

Resultó que un niño habitante de la región tuvo la infantil ocurrencia, al ver que los dos ejércitos enemigos se acercaban uno al otro, de trepar a la más alta rama del más alto árbol para desde ahí, instalado en su cómoda platea, seguir el curso del combate. Desde su atalaya observó las primeras incidencias de la lucha y la simultánea huida de los soldados de los dos ejércitos.

Cuando los insurgentes fugitivos pasaron por abajo del árbol, el niño les gritó que no se fueran, que los otros iban también huyendo a toda prisa. Esa valiosa información, añadida a los gritos de los oficiales, hizo detenerse a los insurgentes que corrían. Volvieron sobre sus pasos. Vieron, en efecto, la retirada de sus enemigos, y se sintieron entonces poseídos de súbito coraje sobrehumano y de patrióticos arrestos. ’¡No huyan cobardes!’ – empezaron entonces a proferir con fuertes voces. Seguramente habrían podido hacer suyas las palabras que dijo a sus hombres aquel jefe de la Revolución cuando pensó que venían soldados enemigos: ’Si son muchos, corremos. Si son pocos, nos escondemos. Y si no es nadie, entonces ¡adelante, mis valientes, que para morir nacimos!’.

Regresaron, pues, los insurgentes al campo de batalla y lo encontraron lleno de los restos que los fugitivos soldados del virrey habían dejado en su presurosa retirada. Hallaron fusiles, lanzas y hasta algún cañoncillo abandonado. Muy grande fue su júbilo por haber ganado aquella batalla épica. Al muchachillo del árbol lo hicieron objeto de muchos agasajos, alabándole su buena vista y su oportuno aviso, aunque le dijeron que en verdad ellos no iban huyendo: se dirigían en perfecto orden de batalla a establecer un nuevo flanco de combate y a proteger la retaguardia. Si algunos de ellos mostraban heridas de bala en la región glútea y otras partes igualmente posteriores, eso se debía a los azares de la guerra, cuya varia fortuna, ya se sabe, es abundosa en lances extraños.


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