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Luis Manuel Arce Isaac
Como todo el mundo sabe que, desde su fundación el 24 de enero de 1971 por el ingeniero alemán Klaus Schwab, el Foro Económico Mundial (FEM ), más conocido como el Foro de Davos, nunca ha cumplido su misión fundacional de "mejorar el estado del mundo’, sino de empeorarlo, la pregunta que se están haciendo los analistas de ’¿qué esperar? de esta nueva reunión que comenzara el 19 de este mes, debería ser mejor ’¿qué no esperar?’ de ella.
El asunto es que ya se sabe de antemano lo que van a tratar y proponer, porque llevan 56 años coordinando cómo fastidiar al mundo pobre y favorecer al rico, desde que un millar de multimillonarios idearon este tipo de reuniones para que sus piscinas preservaran sus aguas de la sed de bienestar social, salud, paz y amor de la mayoría aplastante de la humanidad.
Jamás el Foro han intentado, ni ha pasado por sus mentes, cómo emparejar la distribución de las riquezas para que las asimetrías económicas, productivas y poblaciones no marquen las diferencias que derivan en hambre, miseria, enfermedades y guerras.
En esta 56.ª Reunión Anual del 19 al 23, la farsa de su retórica comienza por el propio título seleccionado, que nada tiene que ver con la angustiosa realidad en la que vivimos: "El espíritu del diálogo", cuando ante sus propias caras y sin rechazo alguno, el gobierno de Donald Trump hace añicos todos los factores del plática, negociación y equilibrio.
Un título más adecuado -aunque sin esperanza por provenir de millonarios- hubiera sido: ’Cómo hacer para recuperar el espíritu de diálogo destruido y no arrimarnos a una tercera guerra mundial? Y un subtítulo añadido: ’¿Por qué Davos debe condenar y sancionar a Donald Trump y otros culpables?’.
Claro que eso no va a suceder, como se ve en el programa de la reunión que es un montón de repeticiones de años anteriores, algunas con distinta semántica, pero con el mismo propósito de no solucionar nada y empeorarlo todo con nuevos repartos de ambiciones geopolíticas y comerciales. Una de ellas, por ejemplo, ’generar ideas, encontrar soluciones a largo plazo para desafíos interconectados y abrir nuevas oportunidades de crecimiento, resiliencia e impacto’, es decir, una expresión de gran vacío de hechos realizables e intenciones creíbles, que caracteriza al FEM.
Sin embargo, en el formalismo programático, ni por asomo -o ni siquiera para cubrir su forma aunque fuese con alusiones hipotéticas y sin ningún tipo de animosidad para hacer reales algunas milésimas de ellas-, aparecerán algunas ideas alternativas al ’capitalismo salvaje global’ que el Papa Juan Pablo II denunció hace ya tatos años.
Tampoco hay que esperar que los multimillonarios debatan la aplicación de modelos económicos alternativos sustentables para erradicar la pobreza sistémica y acabar con las consecuencias que tanto combaten, como el éxodo obligatorio para intentar sobrevivir al hambre, a las enfermedades y a las balas.
Nunca han hablado, ni lo harán en este quincuagésimo intento, trasformar de manera definitiva la democracia corporativa, absolutamente representativa, interpretada y ejecutada según su interés y ni siquiera lo que el término representa, para convertirla en un instrumento de participación, con voz y voto de todos, anden en lujosos autos o a pie, descalzos, y sin un techo bajo el cual dormir.
Menos aún, en el lujoso recinto del cantón de los Grisones, en los Alpes orientales de Suiza, se abordará honradamente la necesidad de que los dueños de las grandes corporaciones dejen de inmiscuirse en la gobernanza de las naciones y no sigan financiando los golpes electorales antidemocráticos a nivel mundial.
Tampoco en esta nueva reunión harán lo que éticamente debían de hacer desde hace mucho: ejercer una crítica honesta por la no admisión de disenso, impedir la controversia real contraria a sus dogmas que adversan paradigmas como la independencia y la soberanía política y económica.
Davos 56 no proporcionará oportunidades ni dará posibilidades a todo lo que pueda significar eliminar o amortiguar la desigualdad porque siempre verá la igualdad como un riesgo para sus intereses y jamás permitirá la adopción de medidas concretas y vinculantes para desmantelar las estructuras financieras, como los paraísos fiscales, que permiten la acumulación masiva de la riqueza que ya les sobra a los millonarios, pero aumentarlas es una enfermedad crónica en ellos.
El Foro no se erige como un mecanismo moral para la rendición de cuentas, ni como un altar para ponerse de rodillas y descargar de pecados sus conciencias, sino como un ara de las élites globales para reconfirmar sus ambiciones, mirar de soslayo al mundo y negar la marcha de la historia hacia un cambio de época que rechazan, desprecian y combaten con toda la fuerza de su dinero y de sus armas, y muy en especial de sus almas.
Lo rescatable del evento es que desde 2017 al menos está presente y se escucha la voz de China y más tarde la de los países BRICS, que hacen la diferencia entre los tres mil participantes de cerca de 130 países, y pueden defender en ese foro los intereses que el resto del mundo proclama en las masivas asambleas populares que tradicionalmente se realizan durante las sesiones de Davos.
Las confrontaciones geopolíticas surgirán, quiérase o no, porque así lo ha decidido con su búsqueda de restauración hegemónica la clase multimillonaria de Estados Unidos con Trump a la cabeza, y Groenlandia, Venezuela, México y Canadá estarán en el centro del debate, como también Europa con Ucrania como mascarón de proa, ambos en contra de China y Rusia, naciones poderosas a las que ven como factores del cambio de época al que se oponen. Así de crítico, está el momento que vivimos.