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Luis Manuel Arce Isaac
Aunque Europa Occidental está en posición de combate desde la decisión de Vladimir Putin de lanzar una operación militar especial inducida por el expresidente Joe Biden —quien consideró equivocadamente que la OTAN podía cercar a Rusia a fin de que Kiev ocupara el territorio del Donbás—, la realidad es que, a lo largo del conflicto ucraniano, sus gobernantes mantuvieron la confianza de que esa guerra no desbordaría los límites en los que está.
Mantener la guerra de Ucrania acorralada cuatro años dentro de un esquema convencional y en un escenario de combates limitado al este y sur de Ucrania, (y algunas zonas fronterizas rusas y el Mar Negro), sin inundar el continente, es una situación suigéneris cuando se conoce que el enfrentamiento estratégico verdadero es entre potencias nucleares y económicas, como Rusia, la Unión Europea y EE.UU.
Eso tiene una explicación, la cual ha expresado montones de veces Putin, que algunos entienden muy bien y otros se hacen los que no: la intención del Kremlin no ha sido la de anexarse a la vecina nación con la cual comparte su historia, sino desnazificar la zona de prevalencia rusa, y regresar a los principios de los acuerdos de Minsk de 2014-2015 mediados precisamente por Francia y Alemania.
De lo contrario, es decir, si el ánimo hubiese sido absorberla, el conflicto fuera muy diferente y ya hace rato se hubiera terminado o hubiese explotado todo el continente.
Frente a ello, resulta paradójico que Irán esté desatando en Europa actitudes mucho más peligrosas y comprometedoras que Ucrania, y que altos dirigentes como Emanuel Macron comiencen a usar un lenguaje apocalíptico al creer amenazar que ’está dispuesto’ a usar el arma atómica, como si estuviese frente a una vitrola de videojuegos de violencia extrema.
Lo preocupante es que parece estar actuando en consecuencia, y que la prensa hable en tono muy beligerante de que los gobiernos de Francia, Reino Unido y Grecia, los más citados, ordenaron ya la movilización de mecanismos de ’defensa’ militares en la zona de conflicto del Oriente Medio, lo cual ha hecho muy feliz a Donald Trump, a pesar de que desprecia y ha puesto en ridículo públicamente a sus mandatarios, al igual que ha hecho con la OTAN.
Se le podría denominar servilismo si no fuera un asunto tan serio que involucra la seguridad y la paz de Europa. Por supuesto, para los dirigentes de esos gobiernos hay una justificación —mejor sería decir una causa— y es que tienen emplazamientos militares en naciones del golfo Pérsico y sus alrededores, en muchos casos en alianza o coincidentes con bases del Pentágono, como la británica en Chipre, en Akrotiri, y en los Emiratos Árabes, donde también tienen intereses estratégicos.
Esta decisión viene precedida del anuncio del presidente de Francia, Emmanuel Macron, de aumentar sus ojivas nucleares y de advertir que estaría dispuesto a utilizar su arsenal atómico en caso de agresiones por parte de Irán. Un argumento pésimo que rivaliza con el de Trump de peligro nuclear islámico.
Puede que la advertencia de Macron —por llamar de alguna manera su fanfarronada— sea una suerte de ardid para aumentar su presupuesto militar o cumplir vaya usted a saber que propósitos personales o corporativos, pero en nada válido aunque se apoye en el mismo argumento del Reino Unido de ataques de las milicias iraníes a establecimientos militares británicos que, lamentablemente, forman parte del escenario de guerra trazado por Donald Trump y Benjamín Netanyahu, no por Teherán.
Lo peligroso, y debía ser lo que se debe tomar muy en cuenta, es que Francia y Reino Unido son los únicos en el continente que cuentan con un arsenal nuclear y tienen los dos ejércitos más poderosos de la región, con los añadidos de que son determinantes en los objetivos y propósitos antirusos y antichinos de la OTAN y tienen intereses geoestratégicos paralelos a los de EE.UU. sobre los estrechos de Omán y Ormuz, ruta obligada para los petroleros chinos e indios.
El primer ministro británico, el laborista Keir Starmer, ordenó el envío de helicópteros con capacidades antidrones a Chipre y el despliegue del destructor de defensa aérea HMS Dragon en la región, mientras que Macron hizo algo similar con el despliegue de cazas Rafale para proteger el espacio aéreo de Emiratos Árabes y ofreció a Chipre el envío de una fragata y de sistemas antimisiles y antidrones para hacer frente a posibles ataques.
Más aún, el canciller francés, Jean-Noël Barrot, anunció que Francia está ’lista para defender a sus socios si así lo solicitan’, es decir, a Estados Unidos e Israel, que son los genocidas y violadores del derecho internacional, y confirmó que las patrullas de cazas Rafale ’han sido movilizadas para garantizar la seguridad y proteger de paso el espacio aéreo sobre nuestras bases militares’.
Y hasta la minimizada Grecia confirmó que había enviado a Chipre cuatro aviones de combate F-16 y dos fragatas equipadas con el sistema de interferencia de drones Centauro. Peor todavía, la Unión Europea debatirá en los próximos días si activa la cláusula de defensa por el ataque a uno de sus estados miembros, aun cuando es mentira pues todos saben que Reino Unido dejó de ser integrante de la UE desde el año 2019.
Hasta Portugal se plegó al intento de expansionismo estadounidense e israelí, y el socialista Paulo Rangel confirmó que su gobierno autorizó a Estados Unidos a usar su base aérea de las Lajes, que se encuentra en el archipiélago de las Azores, para el operativo bélico contra Irán. El único que ha mantenido su dignidad e independencia es España.
De manera que, de facto, la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, ha dejado de ser en menos de 72 horas cosa de tres. Ya se regionalizó en Oriente Medio con afectación de más de una docena de países, y ahora saltó de esa área hacia Europa de manos de Macron, de Starmer, y del canciller federal alemán, Friedrich Merz, con la variante de que se hace usando un lenguaje nuclear.
Por supuesto que, aunque sea una fanfarronada, ni Moscú ni Beijing van a dejar de atender la advertencia de Macron en su discurso de hace pocas horas en la base de submarinos nucleares de L’Île Longue (isla larga), en el que fue enfático al afirmar: ’no dudaré en apretar el botón atómico si veo amenazados los intereses vitales del país’, y eso fue tomado como un anuncio del involucramiento de Francia en una guerra que ni le va ni le viene, y con ello, un mensaje a Moscú y Beijing.
Macron seguramente va a entender que ambos adversarios sí lo van a tomar en cuenta, porque cuando hay amenazas de exterminio, jamás se piensa en fanfarronadas, aunque lo sean, y se toman previsiones. Los franceses de a pie es posible que apliquen también la lógica de lo que en política se denomina necesidad de prevención.
Pero, además, ya París está tratando de involucrar a Polonia, Países Bajos, Bélgica, Grecia, Suecia y Dinamarca ni más ni menos que para coordinar una eventual respuesta militar de ’disuasión avanzada’ con Reino Unido, Alemania la cual se llevará a cabo al margen o ’será compatible’ de la OTAN. En otras palabras, gracias a Trump, Irán ya es parte de la cotidianidad europea.
Lo más interesante es que ninguno habla de solucionar el conflicto en la mesa de negociaciones en pie de igualdad, sin precondiciones, y priorizando la paz y la tranquilidad de los pueblos y evitar más derramamiento de sangre. Al parecer, ya dan por sentada una victoria militar de Estados Unidos y de Israel sobre Irán, y quieren poner su granito de arena para no quedarse fuera de un presunto reparto de lo que sea, incluido el petróleo.
En todo este asunto da la impresión de que estos dirigentes europeos han olvidado dos cosas muy importantes.
Primero, que hay tres grandes naciones —China, Rusia e India— muy interesadas en que la agresión perpetrada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su carnal de Israel, el primer ministro Benjanín Netanyahu, termine ya y se regrese al status anterior al 28 de febrero cuando en apariencias se habían logrado acuerdos que podrían pacificar la región.
Segundo: que Europa no son ellos, sino sus pueblos, y quizás lo mejor sería preguntarles si están de acuerdo —es un ejemplo— en que una persona de carne y hueso igual que ellos, con un cargo que lo distingue pero no lo convierte en alguien exclusivo, se meta, a nombre de multitudes, o invocándolas, en una guerra que no le incumbe, e imprudentemente amenace con borrar del mapa a Francia, Alemania y otros muchos vecinos, pues será lo que suceda si realmente tiene los bemoles de apretar el botón rojo.