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Duelo de espadas

La Venus de los perversos. Capítulo XIX

Magda Bello. Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2018

La Venus de los perversos. 
Capítulo XIX

Literatura

Julio 15, 2021 10:42 hrs.
Literatura Internacional › México
Magda Bello. Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2018 › Líderes Políticos

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La Venus de los perversos

Capítulo XIX

𝗗𝘂𝗲𝗹𝗼 𝗱𝗲 𝗲𝘀𝗽𝗮𝗱𝗮𝘀

Por 𝗠𝗮𝗴𝗱𝗮 𝗕𝗲𝗹𝗹𝗼

Atilio confesó su ruin mentira, no importaba fuese lejos junto al dragón de Tecinas, ¡Oh tierras de mercúricas mariposas azules! Bastaba su hedor apagado entre el peto
de mi tejado y alfonsinas de plata.

Esa noche rogando a Idelfonso, maestresala en casa de los Bellini, me acompañó cómo testigo a defender mi dignidad, no soy espadachín consumado, ni he ganado combates, tan sólo soy un pintor que sostiene el pincel. Al acercarme no reconocí al amigo, sí, sus ojos empañados de rabia, su puño apretando la espada y el ceño encogido del soplido de su venganza, lanzando improperios ante un coliseo de curiosos.

- ¡TRAIDOR! ¡TRAIDOR! Tus infundios caerán en alta mar, ¿has amado alguna mujer, fingiendo encontrar el amor?, entrometido, ¡hijo del mismo infierno! has sucumbido el lecho de tu hermano, no finjas santidad, husita del demonio, sepulcro blanqueado, tu felonía muera contigo . La sangre de un perro vale más que tu abolengo.

— ¡Cállate! Eres tú el engañoso, vivías bajo mi techo, enemigo amocepado, dices amar a una mujer y en esta carta ¡Vamos, grítalo! ¿Qué has escrito en esta carta?. A quien pretendes engañar, me has declarado un amor blasfemo, anti natura, confiesa, tus pretensiones y en venganza seduces a mi amada ¡Aléjate no la busques más! –

Enfurecido con mi sarcasmo delataba su falso amor por Oletea. Y así entre hebillas y casacas, nuestro espíritu iracundo al compás de las espadas entre ateneos venecos que murmuraban:
—¿No eran estos entrañables amigos?
—¿Quién es esa cortesana que los lleva a la muerte?
Las beatas reían y gritaban
— ¡Tontos! Ella duerme con otro y ustedes riñendo a espadas....
Y entre antorchas apagadas y otras que apenas ardían, lancé el primer espadazo
—¡SANGRE y MUERTE! — sin reparó respondió
– ¡A MUERTE!-
Y una dulce y vacilante voz abría paso en la piazetta, era Oletea Pizani en forma de lluvia de oro, ¿Acaso es Dánae de las cámaras de bronce, la del cofre del mar, cual hijo vengara Acrisio?

Distraído, mi espada cayó al suelo.
—Atilio!, ¡Ubaldo! Paren por amor a Dios, como hermanos olviden la necedad– no había terminado de hablar cuando Atilio rompió la manga de mi brazo sin lograr herirme y en la siguiente estocada un forastero entre la multitud lanzó su espada y tomándola por los aires, herí a muerte a mi propio amigo, calmando así al demonio que luchaba contra mí. Entre gritos las cortesanas de fuego que Atilio merodeaba, gritaban, su brazo derecho sangraba, y suplicaba, enterrara mi espada en su pecho, ¡no haría tal cosa! La noche que presagió la adivina, se había cumplido.

—Maldito Ubaldo, me has ¡vencido! — fueron sus últimas palabras, mal herido, se marchó.

No juzgues mis cartas barón de Lyon, los errores de la juventud son fierro en mi frente. Maldigo la noche que conocí a esa mujer. Oletea Pizani bisnieta de Vittorio Pizani un banquero de Vicenza, poseía dos barcos franceses, una colección de monedas gregorianas con peso en oro y caballos sureños. La joven estudio en Verona y escribía misceláneas del buen amor, el sombrío Cavalcanti, repasaba el Filocolo de Bocaccio con sus labios obesos que saltaban estrellas entre palabras, poseía una rara belleza fenicia, sin estética platónica, ni el talle de un escultor florentino, aún así, embrujaban sus peculiares encantos. Todavía huelo el encajes de su cuello, toco sus hilos de oro, su falda labrada, teñida con tintes de ocre. ¡Qué manos milagrosas! Qué al tocar mis ojos puedo ver el confín de dioses celestes, ama, crea un dios sempiterno, odia y nace un dios invencible, duerme, los dioses se perfuman, se echan al suelo y fornican.


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