Columna: Presente lo tengo yo

La viña del Señor

Armando Fuentes Aguirre ’Catón’

La viña del Señor

Periodismo

Mayo 13, 2020 15:46 hrs.
Periodismo Nacional › México Coahuila
Armando Fuentes Aguirre ’Catón’ › guerrerohabla.com

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Cronista de la Ciudad

El padre Chapo, Jorge García Villarreal, inolvidable sacerdote, solía decir que él nada más se llevaba bien con un padre: el Padre Kino. Aludía acierto vino tinto.

Yo, en cambio, me llevo bien con todos los padres. No con muchos trato, la verdad sea dicha, pero aquellos a quienes trato tienen muy buen trato. Con ellos platico muy a gusto y aprendo cosas que me edifican, como antes se decía y ahora ya no. (El lenguaje de los eclesiásticos cambia ahora con más frecuencia que el de los políticos. Por ejemplo, hubo un tiempo en que algunos curas hablaban más de la liberación que de la salvación. Cosas del tiempo. Y de la moda).

Hace tiempo, en Monterrey, le pregunté a un sacerdote de avanzada edad si había conocido al padre Secondo, jesuita que muchos años estuvo aquí, en el templo de San Juan Nepomuceno. Me dijo que sí lo conoció, y me relató una anécdota que escuchó de labios de aquel bondadoso varón a quien se atribuían milagros.

Era italiano el padre Secondo. Un día, siendo niño, su madre lo llevó a recibir la bendición de un cura sabio y santo. El sacerdote puso la mano en la cabeza del pequeño y le dijo sin más:

-Tú vas a ser misionero en México.

Años después el niño sintió la vocación sacerdotal; se ordenó, y participó como capellán militar en la Primera Guerra. Ahí los gases asfixiantes le dañaron irremisiblemente las cuerdas vocales, de modo que la voz le quedó al padre Secondo apagada para siempre. Sus superiores lo enviaron de misionero a México, y vino a Saltillo. Aquel sacerdote profeta era San Juan Bosco.

De otros sacerdotes me contó anécdotas aquel que dije. Me habló de uno de Monterrey que cierto día confesaba en hora de la misa, de modo que el templo estaba lleno. Un adolescente se confesaba, de rodillas frente al padre. De pronto éste exclamó con estentórea voz:

-¿Hiciste eso? En toda mi vida de confesor no había conocido caso semejante. No puedo darte la absolución; tendré que consultar mis libros.

Todos voltearon a ver al muchachillo, que en vano trató de ocultar el rostro, avergonzado. Las miradas lo siguieron cuando se levantó, curiosas unas, las otras de reprobación. Pensó la gente que había hecho algo terrible; algo tan tremendo que el sacerdote, con toda su experiencia, jamás había oído. Cuando el chico llegó a su casa ya sus papás sabían por vecinos apresurados y oficiosos lo que en la iglesia había pasado. Llenos de angustia le pidieron que les dijera qué pecado enorme había cometido. Contrito, aplastado por el peso de su culpa, reveló entre gemidos el chiquillo:

-Tragué pasta de dientes antes de comulgar.

En aquellos años se usaba el ayuno eucarístico, y el pacato sacerdote no supo si al tragarse aquella pasta el muchacho lo había interrumpido.

En otra ocasión ese mismo sacerdote tenía una reunión con las damas de cierta asociación piadosa, y les estaba dictando una conferencia sobre algún elevado tema de espiritualidad. Una de ellas se le acercó y en voz baja, con mucha pena, le preguntó dónde estaba el baño. Se molestó el buen padre por aquella interrupción.

-¡Carajo, señoras! -profirió enojado-. ¡Por favor, ya vengan meadas!


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