Catón

Los trabajos y los años

Armando Fuentes Aguirre

Los trabajos y los años

Periodismo

Octubre 27, 2019 19:21 hrs.
Periodismo Nacional › México Ciudad de México
Armando Fuentes Aguirre › guerrerohabla.com

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Un señor de edad madura, y rico, estaba hablando de mujeres de ésas que pueden conseguirse con dinero. Decía con tono lamentoso:

-Cuando tenía qué echarles no tenía qué darles, y ahora que tengo qué darles no tengo qué echarles.
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Otro añoso caballero, también adinerado, hacía la exégesis de una canción de José Alfredo, y declaraba con mayor optimismo y más confianza:

-Tengo el pelo completamente blanco, pero voy a sacar juventud de mi cartera.

Con el paso del tiempo a muchos hombres les entra una suerte de melancolía. Piensan en la perdida juventud, recuerdan sus proezas de amor y se duelen de las claudicaciones corporales. Don Ignacio Ramírez, que tiene calle en Saltillo con su alias literario, el Nigromante, escribió en forma de soneto una endecha dolorida que dedicó a Rosario de la Peña, la misma musa de nuestro pobre Acuña. Seguramente esa coqueta dama le hizo carantoñas al viejo escribidor –se las hacía a todos los hombres con cierto timbre y fama–, y el pobre don Ignacio, cargado de almanaques, no se sintió con los arrestos necesarios para afrontar el compromiso. Le hizo al Amor una reclamación que éste seguramente no escuchó, pues recibe más quejas que agradecimientos. Escribió don Ignacio: ’¿Por qué Amor, cuando expiro desarmado / de mí te burlas?...’. Y terminó con un sonoro desafío: ’... ¡Vuélveme, Amor, mi juventud, y luego / tú mismo a mis rivales acaudilla!’.

¡Pobrecito Nigromante! Tuvo al alcance de sus brazos a aquella mujer apetecible y no pudo gozarla. Si don Ignacio hubiese vivido en nuestros tiempos quizás habría recurrido al Viagra, a la bomba neumática que en otros tiempos usó Andrés García y a todas las pociones y artilugios que están en uso en nuestros tiempos para enderezar las banderas masculinas y hacer que flameen otra vez, siquiera sea a media asta.

No todos los señores, sin embargo, sufren la aciaga suerte de Ramírez. Hace algunas semanas asistí a un bautizo. Tras de la ceremonia religiosa se sirvió un desayuno. El bisabuelo del cristianado quedó en la mesa junto al sacerdote que había derramado sobre la frente del pequeño las aguas del Jordán. (Uso frases de nota de sociales). El señor cura felicitó al señor, septuagenario, pues a pesar de su avanzada edad –le dijo– se le veía sano y con muy buen semblante.

-Y olvídese de eso, padrecito –replicó el señor con toda naturalidad–. Lo mejor de todo es que todavía ¡ppfff!

Y al pronunciar esa onomatopeya hizo el mexicanísimo ademán que se conoce todavía con el nombre de ’roqueseñal’.

Hay venturosos mortales que a pesar de la carga de los años conservan las facultades de cintura para abajo. Muy conocidos, y admirables, son los casos de algunos grandes hombres como Chaplin, Casals, Picasso y otros provectos caballeros que siguieron ejercitando su varonía ya con un pie en el estribo, como decía Cervantes.

Lo usual es que solamente funcione bien una de las dos mitades corporales. Casó un octogenario con mujer joven y frondosa. ’Deberás entender –le dijo al comenzar la noche de las nupcias– que he perdido ya mis facultades’. Pero le hizo el amor cumplidamente. Y otra vez se lo hizo, y otra. Cuando por cuarta ocasión la requirió en amores ella se sorprendió: ’¡Lo has hecho ya tres veces!’ –le dijo estupefacta–. ’¿Lo ves? –se lamentó el viejito–. No me acordaba. ¡Te digo que he perdido mis facultades!’.


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