’Sus lágrimas son tan tristes como las nuestras’.

México

María Concepción Recio

México

Periodismo

Septiembre 24, 2019 18:37 hrs.
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María Concepción Recio › guerrerohabla.com

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La emoción profunda por ver izada la Bandera de México, por escuchar y entonar el Himno Nacional y el ritmo del tambor en la banda de guerra lo debo a los años de colegio, en el espíritu de una premisa básica de amor por nuestro País.

Era parte fundamental de la educación recibida en las escuelas, y quien esto escribe no olvidaría las jornadas llenas de luz en el patio, rodeada de un estudiantado en pleno, alzando emocionada voz.

El mes de septiembre, tiempo de refrendar este amor a mi País, donde la vida del campo y la de las pequeñas y grandes ciudades, por igual, se manifiestan día a día en su insondable mexicanidad.

Es el conmovedor México una tiendita a la vera de la carretera, atendida por un hombre y una mujer ya mayores, a mitad de la sierra de Arteaga. La lluvia, menudita y suave, profundiza el silencio en una recámara que sirve asimismo como expendio de refrescos, galletas, dulces, leche y productos de una pequeña huerta: manzanas y duraznos. La mujer los pone a la venta; el hombre, sentado a su lado, observa el pausado transitar, por este tramo de la carretera, de los automóviles, obligados a detenerse por un oportuno bordo al inicio del caserío.

Una imagina al hombre pizcando el fruto de los cargados manzanos y duraznos. Mucho trabajo, según se aprecia en la venta que se ofrece a la vista.

Es México, el de la ciudad. Esos adolescentes corriendo, temprano, aún está oscuro, rumbo a su escuela, uniformados y bien peinados. Con el andar de su juventud van dejando esperanzadoras estelas de risa y alegría. ¡Ay!, también van ahí aquellos que viven momentos de incertidumbre.

Pienso en mi país en las preciosas plazas de Querétaro, todas luciendo la hermosura de su arbolado; la sierra de Oaxaca, en lo alto, cociéndose los frijoles y al calor del hogar, puesto el oscuro, espeso y deleitoso café cuyo sabor no lo iguala ninguno otro de los que haya probado nunca; las cúpulas de las iglesias de San Luis Potosí, apreciadas desde lo alto de avenidas viales imposibles; la moderna Macroplaza de Monterrey y sus espléndidos museos; y aquí en Saltillo la intimidad del barrio en que nací. La luz mortecina al caer la tarde, la luz brillante del mediodía, el fascinante, único, juego de sombras y luces del verano.

Me quedo con el México multicolor, el México que tiene tan distintas voces. No el de una sola y opresora voz. El México que puede andar y respirar a pulmones llenos una atmósfera de libertad. El que pueda transitar y emocionarse por lo que va encontrando en su camino, verdor y color, flores y cantos. El México que cuenta su historia.

’De No Ser por México’ es un libro del historiador José María Muriá que describe la epopeya de la diplomacia cardenista al abrir generosamente las puertas de México, e incluso ir por ellos, a los españoles expulsados de su país a causa de la Guerra Civil.

Hubo brigadas internacionales, cuenta Muriá, que ’sigilosamente en la noche y remontando las montañas’ viajaron a España para luchar en el frente contra los franquistas. Se estima que de México había 400, de los cuales regresaron sólo 60.

Hace poco, apunta en el libro, en un cementerio barcelonés se hallaron en una fosa los restos de brigadistas sin identificación. ’Lo impresionante para mí fue que seis de ellos tenían en su harapienta manga, muy cerca del hombro, como correspondía, una banderita mexicana perfectamente cosida. No tuve oportunidad de hacer otra cosa que tributarle un beso a cada una, acompañado de unas cuantas lágrimas también mexicanas’.

Esto es México, nuestro amado País.


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