Reportajes metropolitanos
Elvia Andrade Barajas
NARCOTRAFICO
(El reportaje NARCOTRAFICO es una serie que inició en 2006, cuando Felipe Calderón declaró la guerra contra el narco. Desde entonces, México no ha dejado de contar muertos, desplazados, desaparecidos y pactos invisibles. Aquí se ha documentado el ascenso y caída de casi todos los cárteles: los Beltrán Leyva, Los Zetas, La Familia Michoacana, el Cártel del Golfo, el CJNG, el Cártel de Juárez, el de Tijuana, y el Cártel de Sinaloa)
A los nueve años, aquel niño tímido de uniforme impecable miraba desde el rincón del patio del colegio CEYCA, en el sur de la Ciudad de México, cómo sus compañeros hablaban de sus vacaciones, videojuegos y viajes familiares. Él guardaba silencio. Sabía que su padre era alguien importante. No en la política ni en el deporte… en la sombra.
Su madre, Griselda López, intentó protegerlo. Lo inscribió en clases de tenis, le compró libros sobre liderazgo. Pero en casa se hablaba en voz baja. Había mucha seguridad privada. Nadie decía la palabra "Chapo", pero él entendía todo.
Cuando su hermano Édgar fue asesinado en 2008, algo se rompió. Ovidio dejó de ser un niño. Empezó a recibir órdenes, aprender rutas, administrar laboratorios.
El apodo ’El Ratón’, que le puso su padre, se volvió identidad. No por miedo, sino por astucia.
Ayudó a expandir el Cártel de Sinaloa a 47 países. Supervisó operaciones multimillonarias.
En 2019, fue liberado por orden presidencial.
En 2023 fue capturado nuevamente.
En 2025 se vio sentado frente a una jueza en Chicago y aceptó que había sido parte del crimen organizado que hoy desgarra a su país.
Ahora, en una celda de Illinois, Ovidio Guzmán López mira al techo.
Ahora ya no piensa en túneles ni en cargamentos.
Piensa en su hija, en su madre, en los niños que como él un día miraron el patio sin entender por qué el mundo les tenía miedo.
Ha entregado bienes por millones, ha aceptado colaborar como testigo, ha pedido que su familia sea protegida.
Pero el daño —el verdadero— no se mide en sentencias.
Ovidio lo ha dicho ante sus abogados:
’No soy inocente. Pero tampoco fui libre.’ ’Nos hicieron creer que era normal vivir con miedo, con poder, con sangre.’
Ahora, desde su celda y frente a los jueces americanos, ve los pueblos desplazados, los niños reclutados, las madres sin hijos, los periodistas silenciados. Entiende que el narco no solo lo destruyó a él. Destruyó la raíz de México. Lo convirtió en un país que sangra en voz baja.
Este no es solo el retrato de un capo.
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