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Luis Manuel Arce Isaac
Desde tiempos inmemoriales la negociación para solucionar conflictos es concebida como una carretera de dos vías simétricas, y en el ’tú me das y yo te doy’, que es la mecánica básica, media la búsqueda de un equilibrio aceptable para la firma de un acuerdo.
Las reglas de la negociación toman de base principios esenciales, como hablar en pie de igualdad, respeto mutuo a la soberanía e independencia de cada negociador, transparencia y honestidad. De no considerarla un ’toma y daca’, la parte que así se comporte va al diálogo con un pensamiento preconcebido de imposición, y entonces todo se paraliza.
Eso sucede cuando una de las partes pretende negociar desde posiciones de fuerza bajo el supuesto de que la contraparte acude con debilidades. De no cumplirse las normas y principios, la negociación se frustra, o deja de serlo para convertirse en una exigencia.
Un ejemplo ilustrativo fue lo que ocurrió en el Centro de Convenciones de la Avenida Kleber, en París, cuando se iniciaron las largas negociaciones sobre la guerra en Vietnam.
Ocurrió que la delegación de Estados Unidos solicitó una mesa cuadrada o rectangular para que su representante y el del régimen de Saigón —que era su títere— ocuparan uno de los laterales, y el otro el de la República Democrática de Vietnam y el del Gobierno Revolucionario Provisional de Vietnam del Sur.
La disputa por la forma de la mesa fue conceptual y de principios, pues la intención de Estados Unidos (entonces Henry Kissinger las dirigía por la Casa Blanca) era demostrarle al mundo que el invasor del sur vietnamita era Hanoi y ellos negociaban porque estaban ganando la guerra.
El gobierno de la RDV captó la sutileza y exigió una mesa redonda, sin divisiones, para que el mundo entendiera que había cuatro partes en pugna, y de ellas, una sola extranjera. El debate duró 10 semanas, y al final Kissinger cedió. El mundo entendió que el agresor era Estados Unidos pero que, además, estaba perdiendo el conflicto.
Las negociaciones con Estados Unidos casi siempre han sido fragosas, como sucedió tantas veces en el curso de la Segunda Guerra Mundial y su relación con los aliados, casi siempre muy tirante.
Por ejemplo, en la última reunión en el final de la guerra y con la Alemania nazi ocupada, fue la Conferencia Potsdam, del 17 de julio al 2 de agosto de 1945 con Stalin, Truman, Churchill y luego Attle. El tema fue la capitulación de los nipones que ya no significaban un peligro y estaban derrotados.
Truman utilizó el encuentro para dejar claro que, en la nueva gestión del mundo, Estados Unidos sería la principal potencia por ser el más poderoso, y para que entendieran lo que quería decir, habló allí de la bomba nuclear que acababan de desarrollar. La idea era simple: el país fue el único que nunca fue atacado, toda su estructura industrial estaba intacta, poseía un dólar poderoso y se podía presentar como el ganador del conflicto. Eso no era cierto, pero hicieron de ello una narrativa permanente que ha llegado hasta Trump.
No hubo comentarios, pero los dardos iban dirigidos a Moscú, para evitar lo que se decía entonces, una expansión del comunismo, lo cual ya había conversado Truman con los aliados europeos. Ahí mismo comenzó la guerra fría. Washington no perdía tiempo.
En las postrimerías de la capitulación japonesa, y tomando como pretexto el cuestionado bombardeo a Pearl Harbor, el Pentágono lanzó innecesariamente el 6 de agosto —solo cuatro días después de la Declaración de Potsdam— la bomba atómica en Hiroshima y tres después, el 9, otra en Nagasaki. Es la primera y única vez en que se ha lanzado, y las consecuencias para el pueblo japonés, no para el emperador, fueron terribles.
Más cercanamente, cuando ya se estaban concluyendo las negociaciones entre Estados Unidos e Irán en Ginebra, Suiza, a finales de febrero de este año, y ambas partes, más los mediadores, habían coincidido en que se habían logrado "avances significativos en ciertos principios’, Trump declaró que no le satisfacían tales avances, y solo unas horas después, inició junto con Israel la actual y descomunal guerra en Irán.
¿Qué sucedió? Sin entrar a cuestionar narrativas que colocan a Benjamín Netanyahu como chivo expiatorio y se le culpa de haber persuadido a Trump para desatar tan brutal conflicto, se evidenció que el mandatario republicano no consideró las negociaciones como una carretera de dos vías, sino una imposición.
En verdad, fue la fabricación de un ambiente mentiroso para rechazar lo mucho que ofreció Teherán, como alejarse del átomo como arma, pero no recibió nada a cambio, más allá de la propuesta de un cambio de régimen.
El ’toma y daca’ de toda negociación no funcionó porque ese no fue el propósito de Trump, sino más bien el escenario preparado para proclamar al mundo que le había dado una oportunidad a Irán de no desarrollar el arma nuclear, por cierto, desmentida por sus propios generales cuando comprobaron que para que llegara la amenaza esgrimida por él tendrían que pasar no menos de 10 a 15 años, en el hipotético caso de que Teherán persistiera en desarrollarla.
En el caso de Cuba, el primer equívoco es dar por sentado que las negociaciones se inician por algo ajeno a la voluntad del gobierno revolucionario de solucionar litigios por la vía del diálogo, del pensamiento racional, y sobre los principios globales de igualdad y respeto mutuo a la soberanía e independencia de cada parte, y la no injerencia en los asuntos internos del otro.
Siempre ha estado dispuesto a hacerlo desde las nacionalizaciones cuando el gobierno revolucionario pagó a todos los dueños de empresas intervenidas y Estados Unidos fue la excepción, porque no quiso aceptar dinero, sino que sus industrias siguieran en manos de los monopolios. Se supo muy rápidamente que era parte de su estrategia contra la revolución.
Por su trayectoria y los antecedentes en este tipo de eventos entre Estados Unidos y Cuba en 67 años de tensas relaciones y episodios de acercamientos más o menos duraderos, algunos con resultados satisfactorios, otros no tanto, La Habana siempre ha concebido el diálogo como esa carretera de dos vías, en busca de compromisos equilibrados y el objetivo de establecer una relación amistosa y de colaboración con EEUU.
En ese sentido se han logrado entendimientos en temas de importancia para ambas partes, como el migratorio, la batalla contra el narcotráfico, el diplomático, el deportivo, el intercambio científico y técnico, y otros que también significan la construcción de cauces amplios para que fluya la amistad y la cooperación.
Ha sido, de hecho, una constante en la práctica de la política exterior del gobierno cubano, y en esas seis y media décadas de bloqueo y hostigamiento lo ha expresado en muchísimas ocasiones, y nunca ha rechazado algún gesto proveniente de Washington para enfrentar de manera conjunta cualquier diferendo, y propuestas de cooperación. Esa posición racional condujo a las negociaciones con el ex presidente Barak Obama.
Ciertamente, como acertadamente dijo el presidente Donald Trump, Cuba, en estos momentos, es una pequeña isla del Caribe sin dinero, sin recursos, con crecientes necesidades, aunque tergiversó sus causas. Pero es amorosa, pacífica, con un pueblo trabajador y abnegado en nada violento, por el contrario, hospitalario y solidario.
Se caracteriza por una gran capacidad de resiliencia y sus impenitentes sueños de construir una sociedad que priorice el alma y el espíritu, incluso por encima de lo material, aun siendo este bien terrenal una necesidad, no un lujo.
Está orgulloso de su historia porque se ha forjado en ella como protagonista sin pedir nada a cambio, lo cual lo convierte, como dijo el presidente Trump, en una ’gente estupenda’, y no solamente en ’una isla preciosa’ con ’un paisaje bonito’, como él la describió.
También es cierto, como expresó el mandatario, que ’hay familias se encuentran en EE.UU. y desean regresar. Quieren volver, muchos cubanos habrían dicho que les encantaría regresar. Cuba tiene su propio encanto, con su turismo y todo lo demás. Es una isla maravillosa, con un clima estupendo". Hasta se podría felicitar a Trump por esa admisión.
En verdad es un sueño de muchos allá que tienen quizás a madres, padres, hijos, abuelos, todavía en la isla a los que ya no pueden ayudar mucho por las restricciones en las remesas, pero ese seguramente podría ser un excelente y muy humano tema de las conversaciones con Trump.
Cuba, por ejemplo, acaba de anunciar la posibilidad de que los cubanos que viven allá puedan invertir en Cuba los capitales que han podido obtener con su trabajo e ingenio en Estados Unidos aprovechando las oportunidades que encontraron allá, y las conversaciones que se proyectan pudieran ser un ámbito para establecer un vínculo económico y comercial de beneficio mutuo.
De igual manera, incluir a empresarios de Estados Unidos en los programas de inversión extranjera directa que Cuba practica con países que no bloquean a la isla y son amistosos como España, Canadá, México, Alemania, Brasil, Rusia, China y muchos más, a pesar de los obstáculos que impone la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC).
Esa posibilidad e inversiones estadounidenses en la isla sería una vía excelente para mejorar las relaciones, pero está de por medio como piedra de traba, una proclamación de Cuba como país patrocinador del terrorismo que se reiteró el año pasado después de haber sido eliminada de la lista. Como no es cierto y no hay sustento legal ni pruebas para mantenerla en ella, podría ser también un tema interesante en las negociaciones.
Si se eliminara del listado, los cubanos de las dos costas del golfo serían muy felices, y eso podría contribuir a una eficiente colaboración entre las partes. Es casi seguro que los empresarios estadounidenses se interesarían en invertir porque, como dice Trump, Cuba está destruida y hay u amplísimo espectro que podrían aprovechar con gran ventaja los inversionistas estadounidenses por la cercanía con la isla. Es como si encontraran una mina de oro, pero tendrían primero que arreglárselas con las directivas de la casa Blanca que se cumplen a través del tesoto y de la OFAC.
Pero pueden estar seguros de que La Habana no instigaría a nada de eso porque es respetuosa y no se va a inmiscuir en los asuntos internos de otros, su regla dorada en política exterior.
Hay otro escollo, aunque también negociable, que es la vigencia de una orden ejecutiva que declara una "emergencia nacional" ante una supuesta "amenaza inusual y extraordinaria".
Suena un poco extraño que eso suceda entre una islita que cabe 87 veces en el territorio del otro, y con 37 veces menos habitantes que los EEUU. Pero como fue Trump quien promulgó la orden y tiene grandes deseos de negociar, muy bien podría aprovechar la ocasión para derogarla. Pero eso no depende de Cuba, y solo plantearía sus objeciones si la contraparte lo desea negociar.
Realmente, hay mucho espacio para la negociación de interés para el uno y para el otro, sin necesidad de llegar a extremos como, es un ejemplo, que ambos pidieran un cambio de régimen en Washington y en La Habana. Como Cuba detesta que se metan en sus asuntos internos, tampoco lo insinuará en el caso de Estados Unidos, aunque le parezca que es justo. Ese es un asunto de los estadounidenses y, en ese sentido, Trump va a tener todas las garantías de que La Habana no presentará esa demanda de cambio presidencial, ni en los tribunales, ni en la mesa de diálogo porque eso es responsabilidad de los estadounidenses con derecho al voto y hay que respetarlo.
En las negociaciones, Cuba prefiere centrarse en la acertada propuesta adelantada por Trump, de trabajar en favor de "un gran cambio de Cuba". Eso está en línea con la rectificación de errores y de cambiar lo que haya que cambiar, conforme al concepto de Revolución, instrucciones que dejó en herencia Fidel castro antes de morir.
Lo que sucede es que, para comenzar de inmediato y con mayor efectividad, es necesario levantar sin precondiciones el bloqueo y retirar la base naval en el territorio cubano de Guantánamo, ambas cosas acompañadas por las indemnizaciones por daños infligidos al pueblo por la guerra económica, algo que no tiene que ser necesariamente en dinero líquido, sino en programas de desarrollo y transferencia tecnológica, para que no haya afectaciones, sino más bien ganancias para todos. Eso podría ser un aspecto interesante de la negociación.
La única condición que plantea Cuba es que las dos partes conduzcan el diálogo como seres civilizados por esa carretera de dos vías, con buena vibra, eliminando obstáculos como las asimetrías, haciendo esfuerzos comunes para asimilar el principio de igualdad de condiciones, y que ni por equivocación se crea uno o el otro que va a ir en un solo sentido, con destino único, indivisible, no compartido y que, como buenos vecinos, se cumpla el ’tú me das, yo te doy’, como son las negociaciones de verdad, no de mentiritas, en tono agradable, sin enojos ni diatribas, rostros sonrientes y positivos, sin hosquedad ni estrés.