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Sensaciones encontradas en el Palacio de Liria

Sensaciones encontradas en el Palacio de Liria
Periodismo
Mayo 23, 2024 22:55 hrs.
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José Antonio Aspiros Villagómez › tabloiderevista.com

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Tanto nos platicaba la tía política Esther Alanís Vera –muy instruida sobre la aristocracia europea-- acerca de la XVIII duquesa de Alba (1926-2014), que era imperdonable estar en Madrid y no visitar el Palacio de Liria, donde ella nació y que desde 2019 exhibe los tesoros artísticos y culturales de esa añeja nobleza española. Es ahora su hijo, el XIX duque de Alba, quien simbólicamente abre las puertas al público: ’Tengo la satisfacción de darle la bienvenida a mi casa’, dice un escrito suyo de presentación.

Ya conocíamos el retrato que en 1797 le pintó Francisco de Goya a María del Pilar Teresa Cayetana de Silva Álvarez de Toledo y Silva Bazán, la XIII duquesa de Alba, porque estuvo en el Museo del Palacio de Bellas Artes (Ciudad de México) en 2018 como parte de la exposición Tesoros de la Hispanic Society of America, neoyorquina, que el año anterior se había presentado en el Museo del Prado, de Madrid.

En ese cuadro aparece la dama de cuerpo entero con un vestido negro porque ya había enviudado, mientras que en el Salón de Goya, del Palacio de Liria, hay una pintura de 1795 donde su vestido es blanco. Aquella duquesa de Alba, quien posiblemente también posó para las Majas vestida y desnuda del mismo Goya y Lucientes, enviudó a los 35 años y falleció a los 40 en 1802.

El personaje es muy interesante si no está uno prejuiciado con eso de los títulos nobiliarios, que en México están legalmente prohibidos y tal vez por eso no viven aquí los descendientes de Moctezuma y Agustín de Iturbide. Aquella Cayetana del siglo XVIII fue casada con un pariente cercano ’por razones de linaje’, dice la guía de visitantes, y tuvo diferencias con la reina María Luisa dado su ’mutuo afán en convertirse en las damas más influyentes de la corte’.

Pero vayamos al Palacio de Liria en la calle Princesa --15 euros la entrada--, donde nuestra reacción fue tanto de asombro por el esplendor de todo lo que vimos, como de cierta incomodidad por ese exceso de boato. Aun así, fue inevitable comprar una corbata con motivos alusivos, una taza de porcelana y otros recuerdos en su tienda de souvenirs.

Pintura, escultura, arquitectura, tapicería, gobelinos, mobiliario, adornos, documentos históricos, libros muy antiguos, se exhiben a lo largo de los salones Estuardo, Flamenco, del Gran Duque de Alba, Español, de los Zuloagas, Italiano, de Goya, de los Amores de los Dioses, de Baile y de la Emperatriz Eugenia, además del comedor y la biblioteca.

El edificio mismo tiene su historia. Data de hace unos 250 años (cuando se construyó reemplazaron al primer arquitecto por incompetente) y durante la guerra civil española (1936-1939) sufrió un incendio del que se salvaron solamente sus cuatro fachadas. Los tesoros que albergaba ya habían sido resguardados antes debido a la guerra civil.

Después los duques de Alba emprendieron su reconstrucción y luego crearon el museo, que finalizó Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, la XVIII duquesa que falleció en Sevilla el 20 de noviembre de 2014, a los 88 años. Dos años y medio después que la tía Esther, su admiradora.

Los pisos, los techos, las alfombras, los muros, las puertas, la escalera, los candelabros, la marquetería, son un exuberante atractivo también. Salón tras salón, fuimos viendo bustos y retratos de reyes y duques firmados por artistas como Rubens; obras de Velázquez, Murillo, Zurbarán y otros genios del Siglo de Oro, así como de El Greco.

De Velázquez llama la atención una pintura de la infanta Margarita, hija del rey Felipe IV y Mariana de Austria, a quien nos referimos en un texto anterior sobre el Museo del Prado porque es el mismo personaje central del famoso y valioso cuadro ‘Las meninas’, del mismo artista.

Un espléndido tríptico anónimo con temas religiosos aparece a nuestro paso, y -ojo- entre tantos pintores hombres, ahí está la obra de al menos dos mujeres italianas: ‘Venus y Marte’, salida del pincel de Lavinia Fontana (1552-1614) quien fue retratista en la corte del papa Pablo V, y dos pinturas de tema religioso de Elisabetta Sirani (1638-1665).

Los Zuloagas que dan nombre a uno de los salones donde además está una mesa que fue de Napoleón III, son los retratos que el pintor Ignacio Zuloaga (1870-1945) hizo de la XVIII duquesa de Alba a la que ya nos hemos referido, y de sus padres Jacobo Fitz-James Stuart y Rosario Silva y Gurtubay. Él, XVII duque de Alba y director por largo tiempo de la Real Academia de Historia, fue embajador del dictador Franco en Inglaterra, pero terminó distanciándose de él por --dice la información oficial-- ’desavenencias a causa de la restauración monárquica en la persona de don Juan’.

De la madre del duque actual, Zuloaga pintó un retrato donde posó igual que su antepasada en los conocidos cuadros de Goya.

Cómo nos acordamos de la ya desaparecida empresa Cordeleros de México (Cordemex) al pasar por el comedor del palacio y ver cuatro inmensos tapices elaborados en la Gran Fábrica de Gobelinos, que aún funciona. Aunque los del Palacio de Liria son de lana y seda, guardadas las proporciones los tapetes que Cordemex hacía de henequén en Yucatán representaban escenas diseñadas bajo pedido o reproducían temas mexicanos conocidos, según pudimos constatar en febrero de 1979 durante una visita en la que nuestro entonces jefe, Pedro Ferriz, hizo unos encargos. Pero esa compañía, comprada a particulares a un alto precio por el gobierno de Adolfo López Mateos, resultó ser un fracaso de rentabilidad y cerró en 1991 tras 30 años de existencia.

Volvamos al recorrido. En la biblioteca de la Casa de Alba están libros que se salvaron de las llamas en 1936 y otros adquiridos después. Hay incunables, ediciones raras, cartas y mapas de Cristóbal Colón, la Biblia de la Casa de Alba que data de 1430 y muchísimas obras más, colocadas en libreros y vitrinas en un salón presidido por el retrato que hizo Zuloaga a quien inició la reconstrucción de ese palacio, el duque Jacobo Fitz-James Stuart, que aparece con su mano derecha sobre un libro.

Dentro del Palacio de Liria no está permitido tomar fotografías, de manera que fue necesario retener en la memoria todas las impresiones de tan deslumbrante exposición y apoyarnos para este relato en una ’guía de visita’. Sólo en los jardines pudimos hacer algunas fotos al salir, y luego caminar junto con nuestra esposa hacia la Gran Vía, que recorrimos varias veces durante la estancia en Madrid para comer, ver edificios y aparadores, comprar libros, diarios, ropa, café, turrones y algunos recuerdos, y al final de cada día descansar en el hotel que se ubica en la misma céntrica avenida.

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