’Catón’

Terror en la noche (II)

Armando Fuentes Aguirre

Terror en la noche (II)

Periodismo

Agosto 02, 2019 23:50 hrs.
Periodismo Nacional › México Coahuila
Armando Fuentes Aguirre › guerrerohabla.com

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La historia que voy a relatar no es de miedo, a pesar del nombre que le puse. Es más bien una historia de humor.

A este amigo mío le sucedió un milagro. En el camino a una casa de mala nota vio a una muchacha que salía de la iglesia. Al verla se prendó de ella, y pocos meses después la desposó. Otro amigo, cínico él, dice que le habría ido mejor si en el camino para ver a la muchacha con la que se iba a casar hubiera visto una casa de mala nota. Pero eso es opinable.

Se casó con esa muchacha de Morelia, y la llevó a vivir a Sabinas Hidalgo, Nuevo León, de donde él era originario. La primera noche la pasaron en la casa de los papás del novio, pues no estaba dispuesto aún el nidito de amor -así se dice- en que comenzarían su vida de casados. Y esa misma noche sucedió algo espeluznante.

Se fueron todos a acostar; se apagaron las luces de la casa. En la recámara que ocuparon -la que ocupaba él en su vida de soltero- los novios se dispusieron a dormir, pues no era correcto que se entregaran a los escarceos propios de su nuevo estado: la casa era pequeña, y cualquier sonido exótico –erótico- sería oído por todos. Así, él pronto se quedó dormido.

Ella no. Todo aquello le resultaba raro. Extrañaba su almohada y su colchón; los ronquidos de su flamante esposo le impedían conciliar el sueño. Se daba vueltas y vueltas en la cama sin poder dormir. Además hacía mucho calor, y en aquellos años no había en las casas aire acondicionado, y ni siquiera un mal ventilador.

Bien pronto la joven esposa sintió sed. Se levantó, entonces, y a tientas, sin encender la luz para no despertar a nadie, se dirigió a la cocina. Ahí estaba el refrigerador. Ella recordaba que su suegra tenía ahí una jarra de agua helada. Tomó un vaso del trastero y abrió la puerta del refrigerador.

Entonces sucedió aquello que digo, espeluznante. La recíen casada lanzó un alarido de terror, y cayó al suelo sin sentido. ¿Qué vio que causó en ella tan funesto efecto? En el próximo párrafo te lo diré.

Vio una cabeza de cabrito. El padre del muchacho había comprado uno para ofrecer el norteño manjar a los recién casados, y lo puso en el refrigerador. Cuando la muchacha abrió la puerta se topó con la desconocida y espantable visión de aquel cráneo mondo y lirondo que la miraba con ojos salidos de sus cuencas y con la lengua por un lado, entre los dientes blancos y pelados.

Llegaron corriendo todos los de la familia, que habían despertado llenos de sobresalto al escuchar aquel erizado ululato de terror, y con alcohol y otros remedios hicieron volver a la muchacha a sus sentidos. Ella, llorando, se abrazó al cuello de su maridito, y le contó aquella visión horrible que había visto en medio de la noche. Y es que jamás en su vida -moreliana como era- había visto un cabrito, y menos así, pelón y cadavérico.

La historietilla que hoy te he contado ilustra las diferencias que hay entre los mexicanos de una parte del país y los de otra. La verdad es que no hay un ’México lindo y querido’: hay muchos Méxicos, todos lindos y queridos todos.

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