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Luis Manuel Arce Isaac
Si hay algo que distingue la guerra de Vietnam con la de Irán es el petróleo, factor que no estuvo presente en Indochina como lo está en la del golfo y, aunque en mucho menor medida, en la de Ucrania. En ambas, puede considerarse la espoleta de una gigantesca mina posada sobre la economía y el comercio mundial que, si estalla, sobrevendrá una crisis energética y monetaria que insignificante a la de 1973.
Resulta que ahora, después de la tormenta de cohetes y drones iraníes que desde hace dos semanas cae indetenible sobre los escenarios de guerra en Israel, las bases militares de Estados Unidos en países ribereños y en naves de su Armada, Trump proclama que el conflicto ’será tan largo como sea necesario’, una admisión dolorosa para él de que los huesos persas tienen demasiado calcio para los colmillos de su ejército y se los está quebrando.
Él sigue con su blof, pero no porque piense que se lo crean, sino por hábito, y a pesar de que las andanadas de misiles en oleadas de la Operación Promesa Veraz 4 parecen no tener fin, sigue diciendo que al enemigo ’no le queda nada, todo ha sido arrasado y no tiene capacidad defensiva’. Sin embargo, le acaba de quitar fecha al final de la guerra.
Esto trae un problema adicional, y es que, al no poder abrir el estrecho de Ormuz como soñaba, el petróleo seguirá escaseando. A Europa, Japón y Corea del Sur les costará más trabajo abastecerse, mientras Rusia se empodera y China buscará sin problemas nuevos proveedores. India sabrá qué hacer.
La jugada de Vladimir Putin de retirarse del mercado europeo cuando Trump levantó sanciones de prohibición de venta, es un movimiento de campeonato que pondrá en crisis a quienes alimentan a la OTAN y avivan el fuego de la guerra en Ucrania. Europa tendrá que comprar el hidrocarburo y el gas a precios exorbitantes y buscar nuevos abastecedores, mientras Moscú ingresa 150 millones de dólares diarios adicionales en otros mercados seguros y amplios.
Se pronostica que el crudo llegará a los 200 dólares el barril, en una espiral que subirá en la misma medida en que se alargue la guerra, si es que Trump y Netanyahu logran sostener un respaldo interno para continuar un enfrentamiento con Irán cada vez más rechazado por sus pueblos. Por ahora no se vislumbra el final porque Irán no lo busca en la mesa de negociaciones sino en el campo de batalla, y Trump y Netanyahu no tienen a mano una salida porque están acorralados en su propia trampa. Las mentiras de ambos no pueden ser eternas y la realidad las sepultará.
Lo que sucede es que, de prolongarse la guerra, como todo indica, las economías de todos se van a resentir a tal extremo, que las únicas que van a soportar las crisis energética, comercial y monetaria, serán las naciones que tengan asegurado el suministro del hidrocarburo, y cuenten con mecanismos internos para sobreponerse a una estanflación y a una crisis monetaria por la pérdida del valor del dólar, pues ya el mercado petrolero no se expresa en la divisa estadounidense, ni tampoco en el euro.
Es decir, las amenazas de una crisis energética peor que la de 1973 se da en un contexto de desdolarización que le da mucha fortaleza a Rusia y China y a los demás países BRICS que operan con monedas propias, y eso se extiende a los países de la OPEP que ya no basan sus transacciones en petrodólares.
Europa, en lugar de negociar con Rusia y llegar a un acuerdo razonable y justo para concluir el largo episodio ucraniano, escogió el peor camino: agudizar el conflicto militar con un apoyo infeliz a Kiev, un gastadero de dinero en muletas para sostener a la OTAN que ha demostrado no ser útil ya para contener a Rusia y menos a China, y demostrado que el quid del problema no está en el militarismo, sino en la economía y en las ciencias.
Ataques como el perpetrado contra Briansk con armas franco-británicas, es un gran error que le traerá problemas a la Unión Europea de repetirse, y corren el riesgo de quedar a oscuras porque el petróleo del Mar del Norte, convertido ahora en la gallina de los huevos de oro de Reino Unido, no les va a alcanzar.
Moscú fue suficientemente claro: "En caso de una mayor complicidad de Londres y París en los crímenes de guerra del régimen de Kiev, la responsabilidad por las consecuencias destructivas del conflicto armado y por la escalada de la tensión recaerá precisamente sobre esas capitales europeas", advirtió la cancillería rusa.
Hay un mar de fondo que identifica a los dos conflictos, el de Ucrania y el de Irán, y es que ambos son expresiones de una época de cambio que conduce a nueva era por el camino más fragoso para la supervivencia de la humanidad: la violencia, y es el escogido por Estados Unidos y la Unión Europea, contra la propuesta china de la competencia científica y tecnológica en la economía.
Imaginemos ese escenario de violencia euro-estadounidense en medio de una gran escasez de petróleo que provoque una gran inflación, un recorte extraordinario en consumo interno y el gasto público, ralentización o paralización de la industria, posibles apagones por la carencia de fuentes alternativas de energía, quiebras, desempleo, aumento de la pobreza, problemas de liquidez, caídas constantes del mercado bursátil, recortes presupuestarios, caos social, manifestaciones, y dos guerras andando.
¿Qué será para la gente común? ¿Qué pasará como consecuencia de las malas decisiones de sus gobernantes? ¿Los pueblos europeos mantendrán la tranquilidad y verán pasar como invitados de piedra las bombas políticas y diplomáticas lanzadas por París, Londres, Berlin, Roma contra los factores de negociación, diálogo ya casi en ruinas, y cerrar a cal y canto el acceso a la paz, única vía para evitar el hongo nuclear?
Este no es un lenguaje apocalíptico, sino una posibilidad real que no se puede soslayar, porque Estados Unidos e Israel tienen las cuerdas en sus manos para hacer bailar la amenaza y la suficiente soberbia para cometer cualquier locura. Lamentablemente Europa estaría incursa en esa aventura devastadora porque no desea desactivar la guerra en Ucrania, y está contribuyendo a avivar la de Irán. Es decir, se está convirtiendo en el enlace de los dos conflictos.
¿Cómo es posible que en medio de esas grises perspectivas no vaya a estallar a corto plazo una crisis energética que lo empeore todo? Los productores de petróleo van a estar en el epicentro del conflicto; se va a paralizar la extracción y distribución del crudo y sus derivados, todo lo contrario de lo que sucedió en 1973 cuando la única guerra era la de Vietnam, cuyo origen no era petrolero como ahora, y ya Richard Nixon había admitido la derrota militar del Pentágono en las conversaciones en la Avenida Kleber, de París.
En aquella crisis nació el petrodólar, la atadura del mercado de hidrocarburos al billete verde que se convirtió en omnipresente porque tenía ese tremendo respaldo y su emisión, multiplicada por cientos de miles de millones sin soporte en oro, puro papel entintado, se fue de control por una descomunal deuda pública del Tesoro estadounidense impagable que perjudica al acreedor, pero favorece al deudor.
Ese panorama ya comenzó a cambiar, y los tenedores de dólares como China y el propio Japón están vendiendo sus billetes e impulsan una desdolarización obligatoria a la cual no se ha unido todavía Reino Unido por su reticencia a no independizarse de Washington y contaminar con su moneda la esterlina y con el dólar, al sistema euromonetario, al cual renunció Londres en contubernio con el Tesoro y el Banco Mundial controlado por Washington.
Hasta Arabia Saudita es proclive a la desdolarización y vende en cualquier moneda, y eso le confiere un valor agregado a una crisis del sistema monetario de base energética. Entonces, es difícil encontrar a alguien que dude de la gravedad y los peligros en los que Donald Trump y su peón Netanyahu —a quien caricaturalmente lo quieren transformar en jefe y al mandamás en subalterno, lo que da ganas de reír— están metiendo a Europa y al mundo.
De mantenerse esas tendencias, las dos guerras no seguirán un rubo paralelo, sino que se convertirán en un todo, y habrá muchas manos demasiado cerca de los botones nucleares.
Cuando los bombardeos de destrucción masiva de los B-52 del Pentágono contra Hanoi y Haiphong y intentaban romper los sistemas de diques y represas en el invierno boreal de 1972 para dejar a la capital y el principal puerto bajo las aguas del río Rojo, le pregunté al general Vo Nguyen Giap —el héroe de Dien Bien Phu— en una de las tantas entrevistas que le hice, cómo pensaba ganarle la guerra a EEUU, el país de mayor volumen de armas y acero en el mundo, me respondió muy convincente: ’con la cultura milenaria del pueblo’.
Pocos años después, el 1 o 2 de mayo de 1975, a 48 horas después de la derrota yanqui y final de la guerra, yo viajaba hacia Saigón por la carretera costera 1 con oficiales de las Fuerzas Armadas Populares de Liberación, y al llegar al paradisíaco Nha Trang, de hermosas playas de agua cristalina y esplendorosos cocoteros, veo desde el yipi a Giap metido en la playa con sus pantalones remangados hasta las rodillas, y le digo al chofer que se acerque, pero se niega por la escolta del general.
Le digo que no hay problema, él es mi amigo, y me acerca lo más posible. Bajo, y Giap me ve enseguida, alza sus manos en señal de saludo, y llego hasta él, nos damos un abrazo y me invita a tomar agua de su coco. Había calor.
Le recuerdo aquella entrevista de diciembre de 1972 bajo los bombardeos, y le confieso: ’General, cuando me dijo lo de la cultura no le entendí. Pero mire qué razón tenía usted’. Se sonrío, me echó un brazo por el hombre y me invitó a seguir viaje con él en su yipi. Queríamos llegar antes del desfile militar de la victoria del 30 de abril y la proclamación de Saigón como Ciudad Ho Chi Minh. Y estuvimos allí a tiempo.
Casualmente, hace unos días, el nuevo ayatolá, hijo del asesinado Khamenei, le dijo algo semejante a Trump en respuesta a sus fanfarronadas: ’Su sociedad apenas tiene 200 años de historia; nuestra cultura es milenaria. Es absolutamente imposible que pueda vencernos’.
La cultura europea es milenaria, extremadamente rica, querida, admirada, reconocida universalmente. ¿Es posible que pueda ser dominada y controlada por una construida a retazos por migrantes anglosajones hace apenas dos siglos?