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Venezuela prueba que EEUU no es lo fuerte que dice Trump (1)

Venezuela prueba que EEUU no es lo fuerte que dice Trump (1)
Política
Enero 12, 2026 22:12 hrs.
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Luis Manuel Arce Isaac › tabloiderevista.com

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El mundo se ha escandalizado con la invasión militar a Venezuela con fines de secuestro del presidente Nicolás Maduro, ordenada por el mandatario Donald Trump y ejecutada el 3 de enero por tropas especiales que descendieron en Caracas y provocaron más de un centenar de muertos.

Trump y su círculo cero lo presentaron al mundo como una gran victoria del país más poderoso de la Tierra, pero todos ellos saben que no es así, y que se trató de una operación desesperada por la debilidad y el miedo que no los deja dormir porque sienten bajo sus zapatos el movimiento telúrico de un cambio de época que se está sintiendo con mayor resonancia en Estados Unidos.

Los síntomas de la decadencia
No es que exista una conspiración universal contra ese gran país del norte, ni siquiera contra su gobierno, que hasta sus aliados rechazan y critican, sino porque les ha tocado gobernarlo cuando los síntomas de decadencia ya no se pueden ocultar, y ponen a la luz pública que el combustible de esa debilidad es el petróleo, el cual sintetiza el agotamiento de un sistema socioeconómico incapaz de dar respuesta por sus propios valores a los problemas generados per se Lo más patético es que no tienen una forma, un método, para solucionar sus problemas y miedos, distinto a la fuerza bruta.

Quieren ocultar esa realidad bajo un manto de fortaleza que no tienen en el grado que les haría falta para rescatar un hegemonismo ya perdido, que los lleva a la desesperación.

El plan de invadir y secuestrar a Nicolás Maduro fue maquiavélico, como lo es también el deseo de insistir en esa estrategia con otros países, pues han roto los factores de diálogo, mientras las empresas petroleras estadounidenses y fabricantes de armas siguen alentando la violencia y el robo como bandoleros asaltantes de diligencias en el oeste americano.

Temen no controlar el petróleo de Venezuela y México
Su mayor temor, han confesado, es no poder controlar el petróleo de Venezuela y México, que siempre los consideraron como parte de sus reservas estratégicas, ambición que mantuvieron hasta la presidencia en Venezuela de Rafael Caldera y en México de Enrique Peña Nieto.

En el primero, un joven militar, teniente coronel, Rafael Hugo Chávez Frías, se les apareció como un fantasma, y en México un estratega político, Andrés Manuel López Obrador, los bajó de aquella nube y ambos los obligaron a poner los pies en la tierra.

Chávez y López Obrador gobernaron en un contexto diferente e incluso contribuyeron, cada uno según sus perspectivas y realidades de sus países, a construir un nuevo mundo con relaciones sociales, políticas, económicas y comerciales, sobre los escombros de las que encontraron en sus respectivos mandatos.

Contribuyeron al cambio que se estaba experimentando a nivel planetario y dieron una batalla crucial en el terreno petrolero como frente principal de una lucha histórica en favor de la soberanía, la independencia y la autodeterminación, en la cual sabían que los intereses de Estados Unidos saltarían como muelles de un viejo sofá, para que el hidrocarburo más cercano a sus fronteras, y más barato, permaneciera en los inventarios de su reserva estratégica. Pero no fue así.

La guerra fue en sordina pero agresiva, y lograron deshacerse de Chávez con lo que el propio líder bolivariano dijo que algún día se sabría que fue víctima de un cáncer inducido, pero no pudieron impedir que López Obrador, en un trabajo de hormiga pero muy tenaz e inteligente, cambiara a retazos la Constitución de la República hasta hacerla casi nueva sin disparar un tiro, e incluir en ella los elementos principales de su programa de gobierno IV Transformación que elevó a la industria petrolera, como la eléctrica, a una categorización de recurso estratégico para la seguridad nacional, preservándolas de cualquier intento de apropiación extranjera o nacional, y las blindó contra algún intento perjudicial a la soberanía y a los intereses del pueblo, su verdadero dueño.

Algo semejante ya había hecho Chávez en Venezuela al convertir a PDVSA en una real empresa del Estado cuyas ganancias ya no irían a una clase millonaria privilegiada y a las arcas de empresas estadounidenses. Como ahora con Nicolás Maduro, también a él lo secuestraron el 11 de abril de 2002 por la acción de traidores vendidos a Estados Unidos en favor del empresario Pedro Carmona Estanga, quien le entregaría el petróleo a las compañías estadounidenses, pero fracasaron.

EEUU casi sin petróleo
Los tiempos son diferentes y han transcurrido por una dirección poco favorable a Estados Unidos en el terreno de los hidrocarburos. La super explotación de los yacimientos convencionales en el país llegó a su cenit pocos años después de la primera crisis energética de 1973 y Estados Unidos sintió con mucho temor cómo sus reservas estratégicas bajaban, los taladros ya no encontraban nada ni en las profundidades, y la sarta de perforación bajaba estridente al fondo de los viejos pozos, pero no traían nada a la superficie.

Gracias a una cadena de invasiones y guerras en países del Oriente Medio y África, y en Asia con Vietnam, en la ruta del petróleo, EEUU mantuvo un buen tiempo sus inventarios, aseguró las cadenas de suministro y aumentó la extracción recurriendo a la práctica del fracking, mientras logró mantener como aliado estratégico a Arabia Saudita dentro de la OPEP, y a los mercenarios de Israel como mascarón de proa para robar petróleo árabe.

Parecía que la apropiación del crudo de Irak, Libia, Yemen y, más tarde, Siria, calmaría la sed de petróleo, pero no alcanzaba para una sociedad que fue creada, organizada y desarrollada a toda leche, en la que una Coca Cola era más cara que un litro de gasolina obtenido a más bajo costo que esa bebida y que, contradictoriamente, causó un enorme rezago en la búsqueda de tecnologías alternativas para alimentar a un gigantesco dragón, el cual escupía tanto fuego que el petróleo nacional y extranjero no le alcanzaba.

De tal magnitud fue el gasto que, sin el petróleo mexicano, venezolano y canadiense, esa economía no habría podido sustentarse. Estados Unidos recibía montañas de dólares impresos por ellos mismos, pues lograron imponer que todas las operaciones de compra-venta del petróleo y sus derivados se hicieran en su moneda, y de allí surgió el famoso y omnipresente petrodólar que ató a los países productores, con excepción de Rusia, al sistema financiero de su creador como si fueran pájaros enjaulados.

El cambio de escenario y los Brics
El cambio de escenario en América empezó con Chávez, quien buscó alternativas para liberarse de las ataduras estadounidenses, pero llegó a su clímax con López Obrador en una coyuntura muy favorable para ello gracias a la iniciativa de China y Rusia de organizar a una serie de países clave como Brasil, India y Sudáfrica, agrupación conocida como Brics, que ha ido creciendo como la espuma junto con otra gran iniciativa como la Franja y la Ruta, que ofertaron una gran ayuda y colaboración económica para el desarrollo bajo nuevos conceptos como no hacer diferencias por las asimetrías, trato igual y justo, y ningún condicionamiento político e ideológico. Pura cooperación y complementaciones.

Los Brics han actuado como un imán en la atracción de nuevos socios que buscaban salirse del sistema monetario regido por el dólar y negociar con monedas propias o virtuales para un tratamiento igualitario inédito, no solamente en las operaciones comerciales, sino también en el de las inversiones. En ese mecanismo está incluido, por supuesto, el petróleo. Y, aunque México no es parte del mecanismo por condiciones relacionadas con el tratado tripartito con Estados Unidos y Canadá, no es ajeno al avance que los Brics han significado para América Latina y el Caribe.

Estos países, en especial los fundadores del mecanismo, se convirtieron de inmediato en objetivo principal de Estados Unidos, pero con particular saña en este segundo mandato de Trump por un hecho importante que le duele mucho, y es que por vez primera desde la inauguración de la época de las cañoneras, la Doctrina Monroe y el mito del destino manifiesto, América Latina y el Caribe tienen la opción, es decir, la posibilidad, de romper amarras con el sistema financiero en el que reina el dólar y negociar con su propia moneda, lo cual los deja en libertad de negociar con Estados Unidos solamente si la transacción les acomoda.

En otras palabras, tienen una vía para, como suministradores de materias primas esenciales a la gran industria de los países desarrollados, negociar libremente con quien les ofrezca mayores beneficios y paguen precios justos por sus productos.

Debilitamiento relativo del imperialismo
Parece que no, pero todos estos aparentes pequeños pellizcos han ido debilitando de manera relativa a Estados Unidos como imperio, lo cual no significa que va a caer mañana, pero ya no es aquel polo atractivo que actuaba como un imán para hacerse de las riquezas del continente mediante argucias y cantos de sirena, pues ya el sistema ni tiene encanto, ni fuerza positiva propia o genética para ello, y debe recurrir a la fuerza bruta, con lo cual revela que ya sus piernas no son tan firmes.

Esto es lo que ha sucedido con su acción contra Venezuela, y podría suceder incluso con México porque, lamentablemente, las huestes de Trump casi no tienen en cuenta, o no quieren hacerlo, que la insurgencia de este país histórico es de otro tipo, de otra naturaleza, no aquella de 1848 cuando le robaron 2.4 millones de kilómetros cuadrados con todas sus riquezas naturales porque carecía de fuerzas para controlar tan vasto territorio, ni tampoco la histórica y valerosa Revolución de 1910 con Madero, Zapata y Villa, sino una verdadera potencia económica, de extraordinaria fortaleza cultural, histórica, moral y militar, cuyo vigor está en la inteligencia, la integridad y el patriotismo de su orgulloso pueblo.

Saben que México tiene a su favor esa historia, pero también el petróleo que no le podrán arrebatar, y menos ahora cuando la estrategia en el sector tuvo un cambio radical gracias a la visión privilegiada desde la época de López Obrador de multiplicar la capacidad de refinación de crudo a fin de dejar de exportar petróleo para procesar todo lo que extraiga en la industria nacional y no en las de Estados Unidos, lo cual fortalece su soberanía e independencia. (Continuará)

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